En EXECyL seguimos Mirando hacia el Futuro, una iniciativa con la que queremos abrir conversaciones sobre los grandes retos que definirán el presente y el futuro de nuestras organizaciones. Porque prepararse para lo que viene no pasa solo por incorporar nuevas tecnologías o adaptar procesos, sino también por reflexionar sobre aquellos factores que, aunque no siempre aparecen en los cuadros de mando, condicionan nuestra capacidad para generar valor.
En esta ocasión contamos con la colaboración de Beatriz Martín, responsable del Delivery Center de Serbatic en Valladolid y co-líder de la Comisión de Mujer e Igualdad de Oportunidades de EXECyL, a quien agradecemos su generosidad al compartir con nuestra comunidad una reflexión tan sugerente como necesaria. A partir del concepto de entropía cultural, Beatriz nos invita a pensar en la energía que las organizaciones pierden —o son capaces de liberar— a través de su liderazgo, su cultura y la calidad de sus conversaciones.
Os invitamos a descubrir una mirada diferente sobre la productividad que, sin duda, dará pie a la reflexión:
En las empresas medimos casi todo
Facturación, rentabilidad, cumplimiento de objetivos, productividad, rotación, absentismo o satisfacción del cliente. Los indicadores nos ayudan a tomar decisiones y a orientar la estrategia. Sin embargo, existe un recurso igual de valioso que rara vez aparece en un cuadro de mando: la energía de las personas.
No me refiero a la motivación entendida como un estado de ánimo pasajero, sino a la capacidad que tiene una organización para concentrar su talento en aquello que realmente aporta valor.
Hace unas semanas, durante una jornada organizada por la Comisión de Mujer e Igualdad de Oportunidades de EXECyL, tuve la oportunidad de escuchar a Aurora García Alcalde hablar de un concepto que, quizá debido a mi formación académica, me pareció especialmente familiar y revelador: la entropía cultural.
La entropía no es un concepto empresarial, ni de RRHH. Tiene su origen en el griego “tropé”, que significa transformación o cambio. Es un concepto físico, de hecho, procede de la Termodinámica. En física, la entropía describe la tendencia natural de cualquier sistema al desorden si no existe energía que mantenga su organización.
Aplicado al mundo empresarial, es un término que hace referencia a toda la energía que una organización consume en dinámicas que no generan valor: conflictos que nadie afronta, burocracia innecesaria, desconfianza entre equipos, procesos poco claros, decisiones que se retrasan, reuniones interminables o conversaciones que nunca llegan a producirse.
Mientras la escuchaba, pensaba en cuántas veces hablamos de productividad sin preguntarnos realmente dónde se está perdiendo.
Porque la productividad no siempre disminuye por falta de talento o de recursos. En muchas ocasiones se reduce porque una parte importante de la energía de las personas se destina a gestionar todo aquello que no debería existir.
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- ¿Cuántas horas dedicamos a rehacer tareas por falta de coordinación?
- ¿Cuánto tiempo invertimos buscando información que debería ser accesible?
- ¿Cuántas decisiones se retrasan porque nadie quiere asumir la responsabilidad?
- ¿Cuánta creatividad dejamos de aprovechar porque las personas sienten que sus ideas no serán escuchadas?
Son pérdidas silenciosas. No aparecen reflejadas en una cuenta de resultados, pero afectan directamente a la capacidad de innovar, colaborar y avanzar.
Como responsables de equipos solemos preguntarnos cómo mejorar la eficiencia. Buscamos nuevas herramientas, automatizamos procesos o incorporamos tecnología. Todo ello es necesario. Pero quizá también deberíamos hacernos otra pregunta:
¿Cuánta energía estamos obligando a perder a nuestros equipos cada día?
Porque cada procedimiento innecesariamente complejo, cada conflicto que evitamos, cada decisión poco transparente, cada objetivo ambiguo, cada conversación pendiente, cada reunión sin propósito, son pequeñas fugas de energía que, acumuladas, terminan teniendo un enorme impacto sobre la organización.
Y lo más interesante es que muchas de ellas dependen directamente del liderazgo.
La forma en que comunicamos, cómo damos feedback, la claridad con la que definimos prioridades, la confianza que generamos, la autonomía que ofrecemos, la rapidez con la que resolvemos bloqueos, todo ello influye en la cantidad de energía que un equipo puede dedicar a crear valor… o a sobrevivir al propio sistema.
En un momento en el que hablamos constantemente de inteligencia artificial, digitalización y transformación empresarial, quizá uno de los mayores retos siga siendo profundamente humano: construir organizaciones donde las personas puedan invertir la mayor parte de su energía en aquello que aporte valor.
No en interpretar instrucciones contradictorias, no en gestionar tensiones innecesarias, no en navegar procesos excesivamente complejos, sino en aportar conocimiento, colaborar, innovar y resolver problemas.
Las empresas más eficientes no son necesariamente aquellas que trabajan más horas ni las que exigen un mayor esfuerzo a sus equipos. Son aquellas que consiguen reducir el desgaste innecesario, las que eliminan obstáculos en lugar de crear nuevos, las que sustituyen el control por la confianza, la burocracia por la agilidad y el silencio por conversaciones honestas.
Quizá ahí resida una de las grandes responsabilidades del liderazgo actual.
No solo conseguir más resultados, sino en liberar la energía que ya existe dentro de nuestras organizaciones y orientar esa energía de las personas hacia un propósito compartido, creando las condiciones óptimas para que se transforme en valor.
Porque cuando reducimos la entropía cultural no solo mejoramos el clima laboral, mejoramos la capacidad de aprender, de colaborar, de innovar y de adaptarnos a un entorno cada vez más cambiante.
En definitiva, hacemos que las personas puedan dedicar su talento a lo verdaderamente importante.
Cuando estudiaba Química jamás imaginé que años después volvería a hablar de energía, equilibrio o entropía desde el ámbito del liderazgo.
Sin embargo, cuanto más trabajo con personas y organizaciones, más convencida estoy de que ambos mundos tienen mucho en común.
Los sistemas químicos necesitan energía para mantenerse organizados. Las organizaciones también.
La diferencia es que, en las empresas, esa energía tiene nombre: confianza, liderazgo, conversaciones, propósito y cultura.
Y esa es, probablemente, la forma más inteligente y sostenible de aumentar la productividad, ya que deja de ser una consecuencia del esfuerzo para convertirse en el resultado natural de una organización alineada.

