Durante años, la conversación sobre sostenibilidad ha girado en torno a una idea: reducir lo que hacemos mal. Bajar emisiones, consumir menos recursos, minimizar el daño. Es un buen comienzo, pero el listón ya se ha movido.
El reto que define a las organizaciones que liderarán la próxima década no es minimizar su impacto negativo, sino maximizar el impacto positivo que generan en la sociedad, desarrollar orgullo de pertenencia en la organización, fijar y atraer talento gracias a que los trabajadores se sientan orgullosos de lo que su empresa está haciendo por la sociedad y el planeta, más allá, por supuesto de, convencer al cliente de que somos la mejor opción.
Y ahí aparece un concepto que está ganando protagonismo a la misma velocidad a la que lo hizo la huella de carbono hace una década: la huella social. En Erre Ese acompañan a empresas e instituciones en ese camino, y lo vemos cada día: medir el impacto social ha dejado de ser un ejercicio reputacional para convertirse en una herramienta de gestión, de atracción de talento y de acceso a capital.
Lo que no se mide, no se puede gestionar; y lo que no se gestiona, difícilmente se mejora. Ya no hablamos de responsabilidad social o sostenibilidad, hablamos de propósito e impacto.
Dos miradas de un mismo impacto: hacia dentro y hacia fuera
La huella social de una organización se proyecta en dos direcciones que conviene no confundir.
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- Hacia dentro, habla de las personas que forman la empresa. Las medidas de conciliación, los planes de igualdad, la inclusión de personas con discapacidad, el desarrollo profesional o la salud y el bienestar no son «gastos sociales»: son palancas medibles de compromiso, productividad y retención de talento. Las nuevas generaciones eligen dónde trabajar en función de la coherencia entre lo que una empresa dice y lo que hace, y ese criterio se ha vuelto decisivo en la guerra por el talento.
- Hacia fuera, la huella se extiende a toda la cadena de valor. Una empresa impacta en sus proveedores —en cómo trabajan, en qué condiciones y bajo qué estándares—, en las comunidades donde opera y en el territorio que la sostiene. Aquí entra una idea especialmente relevante para Castilla y León: la cohesión territorial.
Cada decisión de compra local, cada empleo generado en una zona en riesgo de despoblación, cada infraestructura social, deja una huella concreta que puede cuantificarse y ponerse en valor. Las empresas que formamos Execyl estamos sumamente concienciadas de ello.
El impacto también moviliza capital
Quien piense que esto es un asunto de buenismo, salario emocional o filantropía se está perdiendo lo esencial. Existe hoy un mercado explícito y creciente de inversión de impacto: capital que busca, además de rentabilidad financiera, un retorno social y ambiental medible.
Según el Global Impact Investing Network (GIIN), este mercado superó en 2024 los 1,5 billones de dólares en activos bajo gestión a nivel mundial, con un crecimiento anual del 21% desde 2019. En España, la oferta de capital de impacto alcanzó los 3.341 millones de euros a cierre de 2023, y en 2026 ya está cerca de superar los 5.000 millones de euros, según SpainNAB y Esade, con la inversión de impacto creciendo un 26% en el último año.
A esto se suma una palanca que las empresas de nuestro entorno conocen bien: la contratación pública, que integra cada vez más criterios sociales en sus licitaciones, y los fondos europeos, que premian la doble rentabilidad. Medir y demostrar el impacto social ya no es un valor añadido opcional; empieza a ser una condición para competir.
De la intuición a la evidencia: medir para decidir
La buena noticia es que no partimos de cero. Existen metodologías consolidadas para traducir el impacto en datos comparables:
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- El SROI (Retorno Social de la Inversión), que monetiza el valor social generado por cada euro invertido;
- El modelo LBG para la acción social en la comunidad;
- El Social & Human Capital Protocol del WBCSD para el capital humano y social;
- El SDG Compass, que alinea la contribución con los Objetivos de Desarrollo Sostenible;
- O la Teoría del Cambio, que cuantifica el antes y el después gracias al impacto que producimos.
Lo importante no es la herramienta en sí, sino el cambio de cultura que habilita. Cuando una organización mide su impacto social, mejora su toma de decisiones, refuerza su credibilidad ante clientes, inversores y administraciones, prioriza mejor sus proyectos y construye un propósito compartido que cohesiona a toda la plantilla.
Una oportunidad para nuestro ecosistema
En EXECyL compartimos la convicción de que otra forma de hacer empresa es posible, y la medición del impacto social es una de sus expresiones más tangibles. Para el tejido empresarial de Castilla y León, poner en valor la huella social —dentro y fuera, en las personas y en el territorio— es una oportunidad estratégica de diferenciación, atracción de talento y acceso a financiación sostenible.
Desde Erre Ese están a disposición de nuestros socios para dar ese paso con rigor y ambición. Porque liderar, hoy, también es saber medir el valor que dejamos a nuestro paso.
