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El caballo desbocado de Internet

Nuestro amigo Carlos Velasco, director de Noticias CyL, nos hace llegar este artículo de opinión que ha elaborado en exclusiva para la iniciativa de los meses temáticos de EXECyL, en septiembre dedicada a la Excelencia en el Marketing y la Comunicación. Un contenido que nos muestra de forma muy ingeniosa y con cierto toque de humor la otra cara de Internet y de las nuevas tecnologías de la información y la comunicación.

¡No te lo pierdas, no tiene desperdicio!

 

El caballo desbocado de Internet

Y en eso, casi sin darnos cuenta, la vida fue fluyendo poco a poco hacia la Internet. Esta revolución de nuestros días que, como la poesía de Juan Ramón Jiménez, vino primero pura, vestida de inocencia (los procesadores de texto, el correo electrónico y otros aperos elementales); “y la amé como a un niño”. Luego se fue vistiendo de no sé qué ropajes (navegadores, buscadores, la nube, teléfonos inteligentes, redes sociales, big data, noticias falsas…); “y la fui odiando sin saberlo”, ay.

El nuevo mundo digital parecía en sus inicios un extraordinario paraíso repleto de oportunidades, pero enseguida advertimos los grandes peligros que acechaban en sus entrañas.

No es que la Internet sea mala en sí misma, no, todo lo contrario; pero el uso que le están dando muchas grandes empresas del sector y buena parte de la parroquia no invita al optimismo.

El nacimiento de Internet, y de lo que se denominó nuevas tecnologías de la información y la comunicación, se remonta a la década de los 60 del pasado siglo en Estados Unidos, con una clara finalidad militar: garantizar las comunicaciones ante una hipotética guerra nuclear. Luego, sus múltiples posibilidades, igual que ha sucedido con otros inventos (las gafas de sol o las cremas de protección solar, por ejemplo), fueron aprovechadas en el ámbito civil.

Estas nuevas tecnologías llegaron al periodismo a finales de los 80, cuando unos ordenadores incipientes, lentos como tardes de verano y pertrechados de programas informáticos todavía rudimentarios arrumbaron las enormes y ruidosas máquinas de escribir: Royal, Underwood, Olivetti…

Paralelamente, el sistema de impresión offset, favorecido por dichas tecnologías, hizo otro tanto con la impresión mediante cajas de letras de plomo. Uno se inició en el oficio del periodismo a mediados de los 80, precisamente cuando esas letras de plomo yacían todavía calientes en los pasillos de la vieja redacción de El Adelanto de Salamanca.

 

El teléfono inteligente, chirimbolo endemoniado

La internet, digo, y de la mano las nuevas tecnologías de la comunicación, se fueron introduciendo en nuestras vidas sigilosamente hasta convertirse en imprescindibles. El procesador de textos resultó un gran avance, pues permitía almacenar los textos, corregirlos, mejorarlos, etc. La máquina de escribir era un engorro: necesitabas un folio de papel para imprimir las ideas, había que tachar mucho, hasta el punto de que a menudo tenías que sacar el papel, hacerlo un gurruño y arrojarlo a la papelera porque estaba tan emborronado que resultaba inservible.

A primeros de los 90 apareció la famosa World Wide Web, otro adelanto decisivo que en pocos años acabó con las voluminosas colecciones enciclopédicas de nuestra infancia. Las www trajeron consigo los navegadores (Netscape, Explorer, Mozilla…) y los buscadores.

El buscador de Google resultó el gran victorioso en la batalla por poner a disposición del usuario en pocos segundos la web que necesitaba. Y ello, gracias a un descubrimiento que venía de antiguo, pero que el mundo de la Internet ha perfeccionado sobremanera: el algoritmo. El puto algoritmo, diría yo.

La tecnología web, con sus enormes ventajas, se extendió por el planeta a velocidad vertiginosa. Un éxito al que contribuyeron decisivamente los denominados ‘dispositivos móviles’, en especial este emblema de nuestro tiempo que es el teléfono ‘inteligente’ (smartphone), chirimbolo endemoniado como pocos.

En 2006, la directora de Microsoft España impartió una interesantísima conferencia en el Parque Tecnológico de Boecillo (Valladolid) en la que vaticinó que en muy pocos años los usuarios podrían realizar la mayor parte de sus gestiones desde un teléfono inteligente. Escuchamos entonces sus palabras con cierto escepticismo, como algo de ciencia ficción.

Sin embargo, a tenor de lo que empezó a suceder muy pronto, constatamos que la representante de Microsoft sabía muy bien lo que decía. Aquella conferencia resultó visionaria para uno, claro, pero no para las gentes de Microsoft que ya trabajaban en aquel preciso instante en la construcción de lo que sería nuestro inmediato futuro: este mundo interconectado que ha entronizado el smartphone y ha asesinado la privacidad del individuo.

Las redes sociales, ladronas de datos

Nadie cuestiona los grandes beneficios que han traído la Internet y la informática, por ejemplo, para la enseñanza, la medicina, los negocios… Ha posibilitado sistemas de comunicación instantáneos que han convertido el planeta en un descomunal patio de vecindad.

La tela de araña de Internet permite a cada persona, sin necesidad de moverse de su casa, un acceso instantáneo a todo el saber acumulado de la Humanidad. Los médicos pueden compartir con solo apretar una tecla sus experiencias con el resto de colegas de todo el mundo, la educación a distancia se ha convertido en una hecho cotidiano…  En definitiva, hoy son realidad muchas de las cosas que hace unas pocas décadas nos parecerían ciencia ficción.

Y en esta carrera acelerada y loca del desarrollo de Internet aparecieron de pronto las redes sociales (social media), un mundo de nuevas y enormes posibilidades, pero tan peligroso para la privacidad del individuo como el de los buscadores y demás artilugios.

Las primeras redes sociales surgen en 2003, pero es en 2008, año del nacimiento de Facebook, cuando se convierten en omnipresentes en nuestra vida cotidiana y trituran el viejo concepto de ‘comunicación de masas’.

Según el estudio Digital in 2018: World’s Internet users pass the 4 billion mark, realizado por las empresas We are Social y Hootsuite, los usuarios de Internet en el mundo superaban en enero de este año los 4.000 millones. Solo la red social Facebook contaba en esas fechas con cerca de 2.167 millones de usuarios activos en un mes. Una cifra astronómica a la que nunca se acercó ni de lejos ningún medio de comunicación de los denominados mass media.

Las redes sociales son numerosas y variadas, pero solo algunas gozan de éxito mundial: Facebook, Whatsapp, YouTube, Instagram, Google+, LinkedIn, Twitter, Snapchat, Pinterest. Y entre todas ellas, sin duda, Facebook sigue siendo la hegemónica.

Acogimos el fenómeno de las redes sociales con enorme entusiasmo. Eran el gran patio de vecinos de la postmodernidad, en el cual uno podía volver a conectar con gentes de las que hacía tiempo que no sabía nada: compañeros de colegio, de universidad, de trabajos anteriores, familiares, amigos…

Ingenuamente, pensábamos que al darnos de alta en ellas, al regalarles generosamente nuestros datos personales (nombre y apellidos, número de teléfono, dirección, trabajos, gustos, etc.), éramos sus ‘clientes’. Sin embargo, al cabo del tiempo descubrimos con horror que éramos el ‘producto’, simples víctimas. A los dueños de esas redes les importaba un bledo interconectarnos a unos con otros. Su único afán era hacer acopio de nuestros datos personales para venderlos luego al mejor postor, es decir, a empresas de todo tipo en busca del público adecuado para ofrecerle sus productos o servicios. Un ejemplo más de que lo gratis a la postre sale muy caro, ay.

Esta labor de aprovechar el público de las redes sociales para presentarles los productos o servicios de las empresas es el quehacer del ‘marketing digital’, profesión nueva propia de nuestra postmodernidad.

La geolocalización ha contribuido a cerrar el círculo, porque no sólo disponen de todos nuestros datos básicos, sino que conocen nuestros itinerarios, nuestros viajes, el lugar donde trabajamos, nuestra actividad diaria en la calle o en la red… O sea, la Internet se ha convertido en el temido Gran Hermano que vigila todos nuestros movimientos.

Aplicaciones tan exitosas como WhatsApp son gratuitas precisamente porque les interesa hacer acopio del mayor número posible de individuos para luego absorber hasta la última gota de los datos personales que ofrecen al darse de alta y que luego intercambian en sus conversaciones.

Los sucesivos escándalos provocados por la organización WikiLeaks a partir de 2010, filtrando a la opinión pública la red de espionaje mundial de datos desplegada por Estados Unidos, dio la voz de alarma al mundo de lo que estaba sucediendo.

 

La UE “pierde la paciencia” con Facebook

El gran volumen de datos (Big Data) que manejan las multinacionales de Internet permitieron, por ejemplo, influir en las intenciones de voto de los norteamericanos en las elecciones presidenciales de 2016 (caso Cambridge Analytica), en las que el polémico Donald Trump se alzó con el triunfo. Se sospecha que algo parecido se está haciendo con la sociedad catalana en relación con las reivindicaciones independentistas.

Un arma letal en en este escenario de interconexión masiva de individuos son las noticias falsas (fake news), que se convierten rápidamente en virales, es decir, consiguen llegar a millones de individuos, gracias al enorme alcance de difusión que poseen las redes sociales. Así pues, la capacidad de manipular a las masas gracias a Internet provoca escalofríos.

El robo fraudulento de datos personales por parte de las grandes multinacionales de Internet ha hecho saltar todas las alarmas, en particular en la Unión Europea, que ya ha adoptado medidas legales para proteger la privacidad de los ciudadanos europeos y acabar con esta mala praxis. Pero, a pesar de la nueva legislación sobre datos, empresas como Facebook se resisten, hasta el punto de que la comisaria checa Vera Jourová ha declarado recientemente que la UE “está perdiendo la paciencia” con Twitter y con la red social del polémico y ambiguo Mark Zuckerberg.

Ante este tenebroso panorama en lo relativo a la privacidad del individuo, además de concienciación por parte de cada uno de nosotros, se requiere un cumplimiento estricto de las leyes en esta materia. Internet y la panoplia de inventos informáticos que la rodea, deben estar al servicio de los intereses generales de la Humanidad, y no sólo al servicio de esos magnates que solo buscan enriquecerse sin reparar en medios, robando nuestros datos sin escrúpulos y vendiéndolos al mejor postor. El caballo desbocado de Internet no puede quedar a su libre albedrío, necesita bocados adecuados. Y esa es la misión de las leyes.

 

La otra cara: la desinformación y otros delitos

El capítulo de la desinformación es otro caballo de batalla. Los medios de comunicación convencionales (incluidos los medios digitales) son obligados a responsabilizarse de lo que publican. Las redes sociales, en cambio, no quieren ser catalogadas como medios de comunicación.

Así, vemos cada día en las redes sociales torrentes de comentarios delictivos: atentados contra el honor, atribuciones de delitos, amenazas, xenofobia, vídeos de violencia extrema, noticias falsas, etc. Y las redes sociales no quieren asumir responsabilidades al respecto.

Además del robo de datos personales, del control del individuo, este es otro gran caballo de batalla para el que todavía no se ha dado solución.

Internet es un gran avance, desde luego, pero tiene un peligrosísimo lado oscuro que conviene corregir cuanto antes. Por el bien de todos.

 

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